jueves, 26 de noviembre de 2009

Análisis de la importancia de quince años de éxitos (tentempié)

“¡Míralos de su gloria del fulgurante!

dijo el maestro: “El que la espada en mano


se adelanta a los otros que, arrogante,

es Homero, el poeta soberano;

el otro, Horacio; Ovidio es el tercero;

y el que les sigue, se llamó Lucano.


Como uno cree merecedero

El nombre que me dio la voz aislada

Me honran con sentimiento placentero”.

Así, la escuela, vi adunada,


del genio superior del alto canto,

águila sobre todos encumbrada.

Luego que hubieron departido un tanto,

hacia mí se volvieron placenteros


y el maestro sonrióse con encanto.

Mayor honor me hicieron lisonjeros

y dándome un lugar en compañía

el sexto fui contado entre primeros”. (La divina comedia, 1990:60)


De esta forma, a la manera de un epígrafe para el presente trabajo, pero dentro de los primeros cantos del suyo, Dante Aliguieri describe su paso por el primer círculo del limbo, antes de adentrase en los densos niveles del infierno, claro está, hablamos de “La divina comedia”.


En el limbo, como todos sabemos, se encuentran aquellos que no han sido iniciados a la vida cristiana a través del bautismo, ritual necesarísimo para ser reconocido, por ello Dante los aísla del mundo social de esa época (lo mismo que yo debería hacer con algunos que conozco); no obstante, y volviendo al tema, gracias a la luz propia que emana de ellos, tal como dice el poeta en el primer verso rescatado “¡Míralos en su gloria fulgurante!”, que corresponde, en realidad, a la fama y el reconocimiento que adquirieron en el mundo terreno, es que reciben esta venia del propio cielo, por no decir dios, para tener un tratamiento diferente al de todos los mortales.


Y continúa Dante, con la que seguramente es una de las primeras formas de autolegitimarse de la que tenemos registro, invitándose, y haciéndose recibir con gran complacencia por los más grandes poetas de la historia primera, Homero, Horacio, Ovidio, Lucano y Virgilio, para hacerse un lugar dentro de la literatura.


Este ejemplo (usted lector sabrá, desde luego, otros mejores) es un compendio que ilustra la forma en que funciona el campo académico de nuestro tiempo, suceso que de ninguna manera es asilado, pues como vemos en el caso de Dante, bien podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que tiene lo menos 690 años[1], cifra modesta por lo demás, pues los rituales funerarios, de caza, entre otros tantos de los que está llena la antropología, muestran la edificación de una conciencia social, que muchos años más tarde devendrá en la segmentación de grupos por niveles, estratos, organización y especialización.


Esta introducción nos ha servido para advertir o contextualizar mejor nuestro objeto de estudio, que no es otra cosa que el campo científico, al que Bourdieu llamó de una manera más concreta como: “el lugar de una lucha de concurrencia, que tiene por apuesta específica el monopolio de la autoridad científica”.


Claro está, la historia del ser humano ha estado marcada por la posibilidad de acceder a este “lugar de lucha”, motivo por el cual, aún sigue siendo inconmensurable esta propuesta, de forma que dejemos que sea el propio Bourdieu quien delimite mejor este campo, para lo cual valdrá ampliar este concepto de forma que se evidencien todos los presupuestos necesarios, y lo mismo que Dante, emprender el camino, es así que por campo entenderemos:


una red de relaciones objetivas entre posiciones objetivamente definidas —en su existencia y en las determinaciones que ellas imponen a sus ocupantes— por su situación (situs) actual y potencial en la estructura de la distribución de las especies de capital (o de poder) cuya posesión impone la obtención de los beneficios específicos puestos en juego en el campo, y, a la vez, por su relación objetiva con las otras posiciones (dominación o subordinación, etc.). (Bourdieu, 2006:3)


Lo que Bourdieu nos está describiendo no es otra cosa que un área de juego, un lugar, un marco referencial o de medida, en esto es coherente con la primera noción que citamos, con el cual podemos valorar y dimensionar todo, desde las estructuras sociales más complejas hasta los mecanismos elementales y particulares, así como la forma en que nos desenvolvemos los sujetos y ocupamos determinados lugares en función de un capital que determinará a la larga el nivel de autoridad científica.


Esto nos abre la puerta para introducir o presentar nuestro campo, que, como se habrá advertido, no es otro que el campo literario, el cual, si bien es cierto podemos entenderlo precisamente como esa red de relaciones objetivas de la que habla Pierre, no obstante él es todavía más específico, y al tratarse de un campo literario, cuya noción más sublime, por no decir ingenua, se ha reproducido como un cliché otorgándole un halo de transparencia, de idealización en oposición de objetos mundanos que, en algún caso, pueden ser de interés en su representación mas no en su equiparación con la obra misma y el acto en el que se crea la literatura, se precisa desmitificarlo, por ello afirma:


es un campo de fuerzas que actúan sobre todos los que entran en ese espacio y de maneras diferentes según la posición que ellos ocupan en él (sea, para tomar puntos muy distantes entre sí, la del autor de piezas de éxito o la del poeta de vanguardia), a la vez que un campo de luchas que procuran transformar ese campo de fuerzas”. (Bourdieu, 2006:2).


¿Desde cuando la literatura dejó de ser ese espacio de humanidad latente para convertirse en este denso tablero de ajedrez donde cada pieza maquina en función de su grupo, pero pensando siempre irradiar un poder monopólico y exclusivo desde el centro del tablero?


La respuesta la vimos con Dante, pero en realidad la pregunta debería ser: ¿por qué la literatura ha sido vista como ese espacio de humanidad latente, exacerbada en realidad? ¿Acaso esto no era suficientemente sospechoso como para dudar de ella de la misma manera en que no se cree en los conceptos absolutos?


¿Es dable, entonces, una orquestación entre dominados y dominantes? Claro, para Weber la dominación es un acto que ocurre cuando el dominante ha ejercido una fuerza de coerción sobre el dominado de forma que este asume dicho comportamiento diríamos de manera inercial; es decir como si nadie se los hubiera impuesto.


Pero aunque el propio Bourdieu considera que “no es posible, ni siquiera en el caso del campo científico y de las ciencias más avanzadas, hacer del orden cultural (el «episteme») una especie de instancia autónoma y trascendente, capaz de desarrollarse según sus propias leyes” debemos considerar un aspecto importante, este es que el campo literario, a diferencia de otros, ha sobrepasado las expectativas de una institucionalidad corriente, y debido a su permanencia a través del tiempo, se ha mitificado, y ya no es la concreción de la inspiración divina como invocó, por ejemplo, el propio Homero al iniciar la Ilíada, esto significa que tiene la capacidad de mutar y permanecer en el tiempo como si fuera una construcción cultural, que lo es, pero en la medida de un atributo mítico que, además, le permite personificarse como una entelequia y asumir el papel del dominante, dejando a los dominados la sola opción de una orquestación en la vía descrita por Weber, es decir como si ellos fueran los creadores del campo.


Ahora aterricemos en nuestro contexto.


Sabemos que los movimientos de vanguardia son característicos dentro de los campos artísticos y literarios, y en el caso de Ecuador, tengo un conocimiento amplio acerca del desarrollo de su literatura, la cual ha estado marcada por el aparecimiento de diferentes grupos con propuestas estéticas ajustadas a los requerimientos de la época.


Así, podemos mencionar la Generación decapitada, por ejemplo, cuya organización póstuma es una construcción moderna en base a sus comunes denominadores para entender sus motivaciones y propuestas en contra del romanticismo y a favor del arte por el arte.


De la misma manera, el movimiento indigenista se articuló alrededor de una propuesta reivindicatoria de la sociedad, de una escritura nacionalista, en cambio los tzánzicos, cuyas propuestas, como me dijo Agustín Cueva: "eran vanguardistas, impugnadores de todo lo que era viejo y enmohecido de esta sociedad”.


Como vemos, estas tres propuestas, controversiales en su momento, responden o reaccionan contra los resultados o los efectos visibles, sea de la propia literatura o de la sociedad en tres intervalos generacionales diferentes, cosa que no ocurre en la actualidad, pues a decir del académico Fernando Itúrburu:

vemos un resurgimiento e innovación de la literatura ecuatoriana a manos de jóvenes escritores que buscan establecer su propio discurso en la escena nacional, fuera de los encasillamientos y disputas que caracterizaron la historia literaria ecuatoriana. Así, a más de varios escritores jóvenes sin filiación, encontramos grupos nuevos, como Buseta de papel en Guayaquil y Machete Rabioso, Fe de erratas y Locomotrova en Quito.


Con lo cual hemos cerrado aún más nuestro estudio, pues a partir de aquí nos centraremos en los muchachos de Fe de erratas, que no comen cuento, por decirlo de alguna manera, acerca del propio campo literario y su sistema de prácticas, de acción; pues, a mi entender, ellos han entendido que las mismas son las que han contribuido a la mitificación del campo, ya que han incorporado, a fuerza de repetición, esta noción idealizada del campo literario, es decir su habitus.


Dentro de un campo de poder, la utilización de reglas determinadas, patrones, modelos es de suma importancia, pues esto le da continuidad al campo, hablamos de doxas determinadas que caracterizan el campo literario y sobre las cuales se articulan las propuestas del colectivo Fe de erratas:


Primero, el lugar en el que ocurre el campo. Aquí se da un fenómeno interesantísimo Pues lo común y normal es una orquestación de los jugadores acerca del lugar donde mayor probabilidad de asumir un capital cultural institucionalizado se tiene, y este es Paris, por ejemplo, cuya lengua, cultura y manifestaciones literarias son directamente proporcionales a la doxa.


Lo cual es evidente para este colectivo que, como señaló Itúrburu, tienen su centro de operaciones en Quito, por decirlo de alguna manera, pero se reconocen herederos de una tradición literaria en un lugar remoto de la provincia de El Oro, la ciudad de Piñas, casi casi, como el Yoknapatapha de Faulkner, lo que les garantizará el monopolio de la doxa de ese lugar en vista de que nadie más se lo disputa, y con ello un sitial dentro del campo literario.


Segundo, el discurso empleado y todos los tabúes que sobre el recaen, cuando hablamos del campo literario, donde en teoría existe una libertad absoluta para desarrollarse en el sentido que se quiera, es un segundo impedimento dentro de este campo, pues la producción del discurso, según Foucault: “está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por un cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar los poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad”.


Es decir, restringir el acceso al discurso a través de procedimientos diferentes como rituales y la conformación de sociedades que velarán el discurso, que en la práctica se traduce como la protección del canon establecido donde solo se concibe un tipo de estrategia de juego, la escritura académica, visible para aquellos que no advirtieron la ilusio de la doxa.


Es así que, el discurso alrededor del cual se articula la propuesta estética de Quince, años de éxitos, es básicamente semiótica, pues conjuga una serie de signos de distinta naturaleza para construir su propia doxa del discurso, evitando, y en realidad tratando siempre de dar cuenta del espacio social en que se hallan situados, tal como afirma Bourdieu, en el sentido de defecto, que no ocurre.


A partir de aquí es que aparece la estética de la apropiación, que como se puede apreciar en Quince años de éxitos, se articula alrededor de una reinterpretación de la doxa que valida un discurso, como algo nuevo, en el sentido dado por Foucault, es decir: “no está en lo que se dice, sino en el acontecimiento de su retorno” ; en este caso de tipo formal alrededor de la obra como un objeto tangible, de modo que pueda ser reconocida, hablamos del formato presentado para todos los libros de poesía de la editorial Visor de España, que Fe de erratas entenderá como editorial Visor´s de Piñas. ¿Acaso no muestra esto la fragilidad de la doxa del campo literario?, pues como vemos se sustenta sobre un producto cultural completamente mundano y artificial: el aspecto formal del libro como parte de la doxa del campo, esto es un libro de portada negra, con solapas interiores que hermanan de alguna manera a los autores con los autores de los libros que se afirma están en preparación, pasando por el tipo de papel utilizado, hasta la tipografía empleada en el interior, exclusiva para esta serie de poesía, y además inexistente en bancos convencionales y especializados de fuentes tipográficas, (lo cual puedo certificar pues no he podido hacer lo mismo) que reafirma lo dicho anteriormente, el objetivo es:, según Foucault determinar las condiciones de su utilización, de imponer a los individuos que los dicen un cierto número de reglas y no permitir de esta forma el acceso a ellos, a todo el mundo”.


Completa este nivel del discurso un aspecto importante de la doxa y de los rituales:

El principio de jerarquización autónoma, que se impondría de manera absoluta si el campo de producción llegara a la autonomía absoluta con respecto a las leyes del mercado —como es el caso de ciertos momentos en ciertos sectores del campo—, es el grado de consagración específica (el «prestigio» literario y artístico), es decir, el grado de reconocimiento concedido por los semejantes (definidos, de manera perfectamente circular, como aquellos que sólo reconocen como criterio de legitimidad el reconocimiento de aquellos que ellos reconocen, o, más exactamente, que les parecen dignos de ser reconocidos y dignos de reconocerlos —lo que explica que las vanguardias tiendan siempre a parecerles a los observadores externos, más o menos hostiles, clubes de admiración mutua). (Bourdieu, 2006:16)


En otras palabras, el juego de la inteligencia, el del traje nuevo del emperador que solo puede ser visto por quienes manejan determinados códigos o, mejor dicho, han incorporado un sistema de prácticas, habitus, y validan una obra en su exquisitez, en su originalidad, en su alcance, en su nivel de profundidad, de contundencia, de manejo del lenguaje, de conocimiento de la doxa, y al reconocerlo en el otro, lo reconozco en mí mismo, pues es necesario, poseer todos estos atributos para verlos en otro lugar.


Por este motivo, en la contraportada del libro “Quince años de éxitos” no se incluye texto alguno que legitime las bondades y atributos del trabajo poético y visual contenido, sino la factura de los costos desglosados, tal si fueran las razones por las que el libro debe ser leído, pero en realidad los presupuestos que determinan el lugar de la propuesta estética del colectivo, en un lugar paradójico, que sin estar dentro del campo literario, está inmanente en él por todo el trabajo metalingüístico que representan las distintas significaciones del libro.


Tercero, y como concreción de los dos anteriores, tenemos el capital cultural institucionalizado, fruto más que de una aplicación exitosa de estrategias de juego, de un seguimiento apegado a las normas del campo de poder.


El capital cultural institucionalizado constituye una certificación de competencia cultural, la misma que es, desde luego, intransferible.


Gracias a la acumulación de este capital se produce lo que Foucault llama el “enrarecimiento de un discurso”, por el cual este se blinda, por decirlo de alguna manera, se codifica y es otro mecanismo que impide el ingreso de quienes no están calificados o sencillamente no se ajustan a las expectativas de la ordenación del discurso.


No obstante, parecería que esto es aplicable solamente para diferentes niveles del discurso, pues tal como lo reconoce Foucault, dentro de la ordenación del discurso existen regiones, llama él, que están abiertas mientras que otras están celosamente defendidas.


Aquí aparecen los rituales de una manera más formal, al respecto Foucault afirma:

Definen la cualificación que deben poseer los individuos que hablan (y que, en el juego de un diálogo, de la interrogación, de la recitación, deben ocupar tal posición y formular tal tipo de enunciados); define los gestos, los comportamientos, las circunstancias, y todo el conjunto de signos que deben acompañar el discurso; fija finalmente la eficacia supuesta o impuesta de las palabras, su efecto sobre aquellos a los cuales se dirigen, los límites de su valor coactivo. (Foucault, 2005:40)


Esto, desde luego, contribuye a mitificar la ordenación del discurso, con lo cual se cumple esta especie de paradoja por la cual el discurso aparece como si fuera accesible a todos, mostrándose, pero al mismo tiempo ocultándose, cosa que Fe de erratas desmitifica al retomar un ritual popular como es la fiesta de los quince años, y Construir y Deconstruir, con mayúsculas, alrededor de la misma todo el aparataje del campo literario.


[1] Se toma como fecha de culminación de La divina comedia el año de 1319.

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